Opinión

José Luis Jacobo

  • José Luis Jacobo

    Pruebas al canto

    A pesar de que los casos de ancianos golpeados, robados y humillados, y de taxistas y choferes de colectivo asesinados se siguen acumulando, lo que sucede no va más allá de reuniones y promesas de mayor seguridad, que en general duran lo que dura el tema en la tapa de los medios. Sobre todo cuando los episodios violentos suceden en Capital Federal, que en el interior es muy otra cosa.

Este medio ya publicó hace meses que una organización que se provee de información desde una institución financiera muy vinculada a los préstamos a jubilados, y un estudio jurídico con mucha data sobre retiros de fondos del corralito, están en la mira de una investigación sobre este particular modo delictual que tiene a Mar del Plata como epicentro del flagelo. No obstante toda la evidencia acumulada, los avances no son significativos, y la saga sigue.
El taxista Héctor Galo, de 65 años, fue baleado a las 11. 30 del pasado lunes 31 por dos pibes de 12 y 13 años que portaban un revólver calibre 22. Uno de los menores tiene ya una veintena de detenciones anteriores por distintos hechos. El pasado 18 de julio, el mismo adolescente que asesinó al colectivero Ángel Pedro Martínez en 2005, asaltó, en un raid criminal notable, al taxista Juan Ramón Fernández, de 47 años, al que también hirió de un tiro. Al ser detenido, el “nene" manifestó que no lo quería matar, “sólo estaba probando la pistola". Ahora bien: ¿cómo llega una pistola 22 marca Tala a manos de un menor de 12 años?
Sobre este particular se guarda riguroso silencio; no hay investigación especifica al respecto. Julia García, secretaria de Desarrollo Social de la comuna, no se anduvo por las nubes en la cuestión, y afirmó los últimos días en declaraciones realizadas al diario El Atlántico que los chicos que delinquen lo hacen, en muchos casos, con sus padres, que son adictos. La respuesta: ni una palabra.
El núcleo del delito en Mar del Plata tiene rostros más visibles unos que otros, pero todos se tocan en algún punto: padres drogadictos, chicos criados en el ambiente de la droga que delinquen para pagar el vicio de sus padres y el propio. Entonces, si tal como se propone desde Mar del Plata —es la posición sustentada por el juez del Tribunal Oral Federal Roberto Atilio Falcone, por ejemplo—, hay que despenalizar el consumo de droga, cerremos el círculo y no nos pongamos como locos cuando alguien como el comerciante Constantino Alberto Torres dice que volvería a matar, como ya lo hizo en 1995 cuando disparó y dio muerte por la espalda a Carlos Fabián Ávila, en oportunidad de un asalto. Recordemos que Torres cumplió una condena de tres meses en prisión, y perdió su casa para pagar la defensa penal y la fianza que le permitió salir de la cárcel.
No se trata de ideas o de ideologías, sino de sentido común, ése que está tan evidentemente ausente en el servicio de justicia y su curioso modo de entender y aplicar las leyes. No hacen falta encuestas: basta ver cómo sufre cada familia despojada de un ser querido, o cómo en cada ocasión en que se golpea a un anciano o a una pareja de ancianos para sacarle dos pesos, prima la indiferencia más absoluta. ¿A quién le importan los viejos?
No es mi mente conspirativa: aquí hay un negocio, un negocio siniestro que se amasa con nuestra sangre y nuestro dolor. A las pruebas me remito.

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Martes, 07 de Febrero de 2012
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Opinión por José Luis Jacobo

Repugnante

Siempre le gustó la plata, siempre necesitó la plata. Podrá decirse, ¿y quién no? Gustavo Arnaldo Pulti ha corrido tras el dinero como cualquiera; la cuestión aquí es lo que hace para obtenerlo.
En su juventud, recién llegado de Dolores, se apoderaba de los cospeles de teléfonos públicos. Ya algo mayorcito, participó en la componenda del estacionamiento medido, aquella saga malhadada que marcó a fuego la administración de Mario Roberto Russak. De ambas salió indemne: en el caso de los cospeles, porque en un ingeniosa maniobra del hoy ministro de la Corte Julio Pettigiani lo pasó, de ladrón de cospeles, a apropiador de objetos romos que aún no eran parte de la colecta pública.

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