Fueron dos semanas de fastidio mediático desde La Capital, barcaza insignia de la flotilla mediática de Florencio Aldrey Iglesias, con el concurso de remeros asociados que, sólo formalmente, no están a sueldo del coruñés emprendedor. Desde allí, decía, se dio gas día y noche a la idea de que se cuestionaba la idoneidad de esta comunidad al no darle intervención en la elaboración de los pliegos para la venta del Gran Hotel Provincial.
Fueron dos semanas a pura mentira, con el senador Jesús Porrúa pidiendo la municipalización del GHP, a los codazos con Gustavo Arnaldo Pulti desde su eterna banca de concejal cacareando que él la había visto primero (a la idea/proyecto). Todo para Aldrey vea quién está a su entera disposición y quién no.
La mentada municipalización es una vieja historia que sacude a la ciudad en cada ocasión en la que hay movimientos en busca de la privatización de este hotel, reliquia emblemática de un pasado supuestamente glorioso. Lo que buscan los voceros de la municipalización, en realidad, es que el proceso se paralice en medio de la trifulca política para seguir agradando al dueño del Hermitage, único sujeto que no puede participar bajo ningún concepto en el proceso privatizador puesto que primero debería devolver todo lo que se llevó (según denuncias periodísticas y judiciales) cuando era concesionario del lugar.
Algo ocurrió entre bambalinas, alguna clara señal le llegó al galaico, algo que por supuesto los dirigentes políticos locales se cuidan bien de no comentar. El 4 de agosto, en página 9, La Capital titulaba: “el Hotel Provincial no será un shopping". Vaya novedad: sólo en las páginas de este diario fariseo se había dado esa posibilidad, a todas luces inexistente en la realidad.
¿Que pasó entre bambalinas? Algunos fragmentos han llegado a mi conocimiento. Una de las cosas que sucedieron —bien central para entender el cambio de rumbo del coruñés— es una frase que soltó Miguel Cuberos en la ciudad: “El año pasado, la Universidad Nacional de Mar del Plata y la Comisión Nacional de Monumentos Históricos realizaron un pliego en el que se condiciona las obras futuras, por lo que no es posible salirse de allí". He ahí el dato mayor. Y aclaro.
La Comisión Nacional de Monumentos Históricos había incluido en dicho patrimonio a los llamados “barcitos de la Bristol", con parámetros claros que debían respetarse al concesionarse el área. Pero nada de eso aconteció: Aldrey y su arquitecto, Carlos Mariani, hicieron tabla rasa con las recomendaciones de la Comisión y demolieron a gusto, tanto como se les cantó, hasta generar eso que ampulosamente han denominado Paseo Hermitage.
Hay denuncias al respecto, alguna en la Justicia que, como sabemos, por el temor que inspira Florencio Aldrey, estarán ya prescriptas. De todos modos, hay algún elemento allí a mano del poder político como para poder presionar al coruñés predador.
Divertida es la arrugada maricona del multimedios, que apuntó en el mismo artículo: “Cuberos manifestó que en algún artículo periodístico se planteaba que el inversor tenía la libertad peligrosa de poner en peligro el carácter de monumento histórico nacional del Gran Hotel Provincial". Profecía autocumplida, La Capital anunciaba ese día, para quienes saben leer subtexto, su rendición incondicional, y así Aldrey dejó pagando a los alcahuetes corifeos que habían salido a dar pábulo a la historieta de la municipalización que, como es público y notorio, encubre la “aldreyzación" del GHPB.
Martes, 07 de Febrero de 2012
Mar del Plata, Buenos Aires - Argentina
La Noche de la 99.9
De 21:00 a 24:00 hs.
Siempre le gustó la plata, siempre necesitó la plata. Podrá decirse, ¿y quién no? Gustavo Arnaldo Pulti ha corrido tras el dinero como cualquiera; la cuestión aquí es lo que hace para obtenerlo.
En su juventud, recién llegado de Dolores, se apoderaba de los cospeles de teléfonos públicos. Ya algo mayorcito, participó en la componenda del estacionamiento medido, aquella saga malhadada que marcó a fuego la administración de Mario Roberto Russak. De ambas salió indemne: en el caso de los cospeles, porque en un ingeniosa maniobra del hoy ministro de la Corte Julio Pettigiani lo pasó, de ladrón de cospeles, a apropiador de objetos romos que aún no eran parte de la colecta pública.