Opinión

José Luis Jacobo

  • José Luis Jacobo

    La cena

    No fue la de los apóstoles, sino una tendida gastronómica de viejos compañeros de ruta, “amigos”, al menos en lo que esa definición pueda ser aplicada a la política.


La idea de reunirse fue de uno de los fundadores de la Corriente de Opinión Nacional (CON) —organización interna que el periodismo popularizó como “la Coordinadora"—, que juzgó que tenía por sagrado deber reunir a aquellos que habían forjado los sueños de su generación política, nacida al calor de la caída del poder militar y acunada en el “alfonsinazo", que los llevó en 1983 al Gobierno, mas no al poder.
Así fue como el viernes 16 de septiembre se reunieron en modesta pero encantadora casa de barrio Oscar Pagni, Claudio Gómez, Jesús Porrúa, Julia Magdalena García, Daniel Víctor Katz Jora y el armador de la tendida gastronómica, cuyo nombre preservaré por no estar ya en la actividad política.
La cena fue un interminable cruce de chicanas, se dice. Porrúa insistía en criticar a los “montoneros" del Gobierno, en cuestionarle a Katz estar en un ámbito político que incluye a Emilio Alí, así como dejar sentada la necesidad, en su opinión, de preservar el ámbito del partido (UCR) y sumarse a la movida pro candidatura de Roberto Lavagna.
Pero al parecer no le fue bien. Ni a él ni al organizador de la cena del reencuentro. Es que las cosas pensadas desde el voluntarismo y ejecutadas por amateurs de la política, que porque pasaron por una banca creen que saben de qué va la cosa, siempre acaban mal.
Katz habría puesto en claro que él no va a estar en el grupo que en Mar del Plata reúne en torno a Lavagna a personas tan disímiles como Leopoldo Moreau, al ex (¿?) agente de la SIDE Juan José Álvarez, Gustavo Arnaldo Pulti y Jesús Porrúa. Se dice que el Uno habría pronunciado la siguiente frase: “Muchachos, yo no me voy a pelear con nadie, pero somos grandes: que cada uno elija su camino".
Elegir el camino, en este contexto al que hacemos referencia, puede significar muchas cosas. Para Porrúa, por ejemplo, puede significar tener que aceptar que esta senaduría es principio y fin, que no habrá espacio para que el actual senador, surgido de una interna que no resiste un recuento de votos, pueda seguir en política, cuando menos desde el alto umbral que ha ocupado desde 1986.
Y esa cena fue apenas el aperitivo. El pasado domingo, la agrupación VARA organizó un acto y asado para militantes radicales. En aquella cena previa, la de los viejos compañeros de ruta, Porrúa le habría insistido enérgicamente a Katz para que se hiciera presente en el asado y acto de VARA, donde se habló de radicalismo y radicales.
Katz hizo notar su ausencia: fue a la comida cuando los legisladores de la UCR ya no estaban. Habló, les dijo a los muchachotes de VARA que ellos son el futuro —“me emociono, me hacen recordar mis inicios en la política"—, hizo moquear a más de uno, le dio la mano a cada uno de los casi 500 comensales, y se fue, ovacionado.
Es obvio que ha comenzado un nuevo tiempo, que la fraternidad de los años de la inocencia ha sido reemplazada por las angustias propias de la edad adulta y que cada uno debe elegir su propio camino. Algunos alcanzan las máximas cotas por sí mismos, y otros corren desesperados tras algún cometa que los mantenga en las alturas.
La cena no fue la última. Nadie se atrevería a decir aún quién será el Judas, y menos todavía quién será el que quede crucificado en el Gólgota del voto popular en la próxima elección.
Cosa de grandes: hay que elegir el propio camino.

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Martes, 07 de Febrero de 2012
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Opinión por José Luis Jacobo

Repugnante

Siempre le gustó la plata, siempre necesitó la plata. Podrá decirse, ¿y quién no? Gustavo Arnaldo Pulti ha corrido tras el dinero como cualquiera; la cuestión aquí es lo que hace para obtenerlo.
En su juventud, recién llegado de Dolores, se apoderaba de los cospeles de teléfonos públicos. Ya algo mayorcito, participó en la componenda del estacionamiento medido, aquella saga malhadada que marcó a fuego la administración de Mario Roberto Russak. De ambas salió indemne: en el caso de los cospeles, porque en un ingeniosa maniobra del hoy ministro de la Corte Julio Pettigiani lo pasó, de ladrón de cospeles, a apropiador de objetos romos que aún no eran parte de la colecta pública.

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