Los que susurran es el título del ensayo histórico del autor inglés Orlando Figes, que relata con impresionante data y testimonios directos la realidad de la vida de los pueblos de la ex Unión Soviética bajo Stalin. En particular, el mundo de crueldad infinita que creó la directiva stalinista para llevar adelante la construcción del “nuevo hombre soviético”. Fue aquella una épica cruel y salvaje cuyo saldo final se cuenta en millones de víctimas asesinadas por el Estado mediante el despojo y las deportaciones masivas, para ser utilizados como mano de obra esclava en la construcción de la Rusia industrial que buscaba dejar atrás la economía pastoril y competir en calidad y cantidad con las naciones occidentales de tenor capitalista.
Caído el Muro de Berlín, el sistema soviético implosiona, pero su cizaña atroz sigue inficionado la vida de las sociedades contemporáneas. Una de las herramientas que el sistema soviético stalinista utilizó y dejó como enseñanza es el de tomar posición en cada conflicto que coloque en entredicho a las autoridades establecidas. Precisamente eso ocurre en Mar del Plata con la “denuncia” que ha presentado ante la Fiscalía General de Cámaras el titular de la cooperativa La Alameda Gustavo Javier Vera.
En un ajustado y complejo ejercicio de propaganda, Vera llegó a Mar del Plata precedido de una espectacular conjunción de publicaciones en los diarios Clarín, Página 12 y El Atlántico. Digo complejo porque, como decía Joseph Goebbels, ministro de propaganda nazi, para que una mentira sea creíble debe conllevar una pizca de verdad. Es verdad, hay prostitución en esta ciudad –y el diario La Capital es uno de los principales beneficiarios del negocio a través de la publicidad-. Es verdad, hay policías que cobran protección a los privados. Es verdad, hay personas que obtienen muchísimo dinero regenteando o administrando la prostitución.
A partir de estas verdades como puños es que se construye la mentira. En Los que susurran, página 155, puede leerse: “Dimitri Streletski nació en 1917 en el seno de una numerosa familia campesina en la región siberiana de de Kurgan. Recuerda el modo en que fueron seleccionados sus padres para la deportación por ser kulaks (...) No hubo inspecciones ni miramientos. Simplemente llegaron y nos dijeron, todos vosotros. Explicó Serkov, el jefe soviet de la aldea: ‘He recibido la orden de encontrar a diecisiete familias kulaks para su deportación. No hay una sola familia suficientemente rica en este pueblo para ser kulaks y tampoco muchos ancianos, así que elegimos diecisiete familias al azar. Habéis sido elegidos’, explicó. ‘Por favor no lo toméis como algo personal. No puedo hacer otra cosa’”.
Me pregunto a quién elegirá para concluir la movida anunciada con extraordinaria conpiscucencia mediática el fiscal general de Cámaras Daniel Adler. Quién será la víctima propiciatoria del sacrificio utilizada para cerrar esta historia que desarrolló hasta hoy como primer actor Gustavo Javier Vera, titular visible de La Alameda. En la pasada semana, horas después de la espectacular irrupción de Vera, prestaron declaración ante el fiscal federal de primera instancia Claudio Kishimoto tres personas. Mis fuentes aseguran que son dos prostitutas y un taxista; a todos se les concedió el status de “testigo de identidad reservada”, un arma temible en manos de funcionarios que hacen encajar la realidad a como dé lugar en su idea del mundo o conforme a sus motivaciones políticas.
Cierro con Orlando Figes y su libro: “Durante la histeria colectiva de la conspiración de los médicos, la funcionaria María Nesterova, que odiaba a los judíos, llegó a denunciar que los niños que venían al mundo traídos por médicos judíos eran azules porque los judíos les chupaban la sangre”. Los mecanismos soviético-nazis de delación que usan a testigos de identidad reservada han demostrado ser en la Argentina instrumentos de persecución frecuentes tan odiosos como María Nesterova.

Jueves, 09 de Septiembre de 2010
Mar del Plata, Buenos Aires - Argentina
La desfachatez con la que la clase dirigente se presenta ante la sociedad merecería un estudio sociológico profundo. Quienes nos representan, ¿son una proyección fiel de la sociedad? ¿O son una muestra esperpéntica del conjunto, que, merced a su falta de escrúpulos, puede actuar como lo que no es, la sociedad misma? Difícil pregunta, de compleja respuesta. Porque no es dable creer que Horacio Tettamanti, dueño de Servicios Portuarios Integrales (SPI), o Eduardo Tomás Pezzati, presidente del consorcio portuario y de todo consorcio o ente que haga falta para dar trasiego al dinero público, representen a la sociedad marplatense. Menos aún su jefe político Gustavo Arnaldo Pulti.