Opinión

José Luis Jacobo

  • José Luis Jacobo

    Una vez más

    Otra página luctuosa y otra corrida mediática enloquecida detrás de la muerte, haciendo relumbrar el sonsonete de la inseguridad y las declaraciones de estilo, momento y oportunidad.
    Franco Castro López, 16 años, estudiante, jugador de básquet en Peñarol, buen tipo, buenos amigos, tuvo una muerte cruel, absurda e injusta. Perversa.
    Salió de su casa el sábado 13 por la noche, luego de una “previa” de pizza y Coca Cola, hacia la Plaza del Agua, lugar donde prácticamente sin ningún control, cientos -quizá miles- de jóvenes se apiñaban a tomar cerveza coloreada de verde y a festejar una jornada cuya única traducción, al menos localmente, es la ingesta ilimitada de esa bebida alcohólica.

En esta celebración “trucha” consentida por la Municipalidad de General Pueyrredón, evento a contramano del discurso oficial sobre la nocturnidad y el consumo de alcohol, el acontecimiento trágico del asesinato de Franco encontró contexto, aunque se produjo por fuera de él.  
Cuando muchos se preguntan qué hacían en el lugar del asesinato el intendente Gustavo Arnaldo Pulti y su secretario de Gobierno Ariel Ciano, la respuesta obvia es que hacían “control de daños”, es decir, buscaban verificar en la madrugada del domingo 14 si les cabría o no alguna responsabilidad por haber accedido, en base a no se sabe qué extraño criterio, a habilitar una fiesta cervecera en la Plaza del Agua, allí donde se supone que debe irradiar la cultura marplatense.
Pero otras distintas son las intenciones y otros los resultados de las autoridades naturales involucradas en la resolución del caso. Tanto el fiscal Juan Pablo Lódola como las fuerzas policiales intervinientes aseguran que la causa, en lo que hace a la responsabilidad criminal, está encaminada. Obvio es que nada ha concluido aún. Como ya se ha descripto suficientemente en estos días, los jóvenes se desplazaban en grupo desde el hogar de Franco Castro López hacia la Plaza del Agua, un vehículo los superó a gran velocidad, los interceptó, bajó un individuo muy alterado que gritaba “¿quién me tocó a la nena?“, tras los cual efectuó, sin mediar palabra, el disparo que se llevó esta vida aún no transcurrida, para luego huir en contramano por Alvear hacia la avenida Juan José Paso.
El detenido e identificado hasta aquí como el homicida,  Maximiliano José Corredera Legatto, de 31 años, ex convicto, supuestamente bajo el contralor del Patronato de Liberados, es representado en esta causa por el abogado Lucas Tornini. Días después se entregó en la Subcomisaría Casino Juan Manuel Rivero, a la sazón conductor del vehículo en que se desplazaban ambos. No será fácil la tarea de la fiscalía, ya que la falta de elementos para la investigación se patentiza en este y otros casos similares. No hay detector de metales –la policía científica marplatense debe requerirlo prestado a su colega de Azul-, así que el trabajo policial sigue funcionando en base a testimonios y delaciones. Por eso no es casual que haya tanto crimen impune: frente a tanto profesionalismo por parte de los criminales, los ciudadanos de a pie semejamos bestias para el matadero. ¿Quién disparará la próxima bala, qué otra familia se vestirá de luto? ¿Qué otras vidas se destruirán para siempre, ante tanta indiferencia del poder político, eternamente ajeno a nuestras desgracias sin par? Preguntas tremendas, respuestas ausentes.

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Martes, 07 de Febrero de 2012
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Opinión por José Luis Jacobo

Repugnante

Siempre le gustó la plata, siempre necesitó la plata. Podrá decirse, ¿y quién no? Gustavo Arnaldo Pulti ha corrido tras el dinero como cualquiera; la cuestión aquí es lo que hace para obtenerlo.
En su juventud, recién llegado de Dolores, se apoderaba de los cospeles de teléfonos públicos. Ya algo mayorcito, participó en la componenda del estacionamiento medido, aquella saga malhadada que marcó a fuego la administración de Mario Roberto Russak. De ambas salió indemne: en el caso de los cospeles, porque en un ingeniosa maniobra del hoy ministro de la Corte Julio Pettigiani lo pasó, de ladrón de cospeles, a apropiador de objetos romos que aún no eran parte de la colecta pública.

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