Mucho se habla de las contradicciones en que incurre a diario la llamada clase política de nuestro país. Se discurre sobre el punto como si se tratase de un juego perpetrado por un conjunto de individuos que no pertenece a nuestra sociedad. Claro que se trata de un esquema facilista que busca poner en cabeza de otro las responsabilidades del conjunto.
Lo que ocurre a diario en las calles de Mar del Plata con su secuela de muertos, heridos, destrozos de bienes, vehículos, etc. es un claro indicio del poco apego a la ley que tenemos como conjunto social. Hace unos días, pasadas apenas las 3 de la madrugada, en una cuádruple colisión en la intersección de avenida Independencia y 11 de Septiembre perdió la vida un bebé en el vientre de su madre, a bordo de un vehículo conducido por su esposo.
Para que se haya producido semejante hecho tiene que haberse dado una suma de irregularidades tales, que cuanto menos la conducta de alguno o algunos de los partícipes debe haber bordeado la irresponsabilidad criminal.
En enero de este año, según informó el Servicio de Comunicaciones de la Provincia de Buenos Aires, el índice de siniestralidad vial se incrementó, sólo en la primera quincena, en un 10%. Fueron en total 157 los accidentes de tránsito reportados en dicho período, contra 142 del mismo período de 2005.
Ahora, es prácticamente milagroso que la cifra no sea brutalmente superior, y nadie acierta a saber cuántos son los hechos que a diario acontecen y no son oficialmente reportados.
Pero si el loco andar por calles y avenidas no fuera suficiente de por sí, hay que agregar el tema de las picadas clandestinas (de algún modo hay que llamarlas) que se corren tomando como pista de competición el tramo costero que pasa por la Base Naval teniendo sus extremos en la avenida Juan B. Justo y la zona de Playa Chica. Se corre a altas, altísimas velocidades en vehículos preparados, por dinero, y con increíble desprecio por la vida, ante la mirada impávida de las autoridades, que sólo parecen capaces de ir detrás de los sucesos cuando los mismos tienen un final luctuoso o poco menos.
En el accidente de Independencia y 11 de Septiembre, reitero, perdió la vida el hijo no nacido de Cecilia Mabel Calvo, que viajaba en el Dodge 1500 impactado por uno o dos de los Fiat Uno que circulaban, según testigos, a altísima velocidad por 11 de Septiembre. Uno de los Fiat, el conducido por Federico Adaro, fue golpeado desde atrás por otro vehículo similar de color blanco conducido por Mauro Marhones, de 24 años, quien presentaba signos de hallarse bajo los efectos del alcohol. Trasladado al Hospital Interzonal General de Agudos, Marhones fugó y aún no se sabe de él. El fiscal Nicora caratuló el episodio como lesiones culposas agravadas.
Todavía no se han podido terminar de ponderar los daños, las secuelas, el costo médico, la pérdida laboral y el extraordinario negocio (¿negociado?) que significa la cuestión para las bandas que operan en la ciudad aprovechando la desgracia ajena. Este medio ya ha publicado en una ocasión un informe sobre los grupos de abogados y personal de servicios de emergencia que actúan sobre las víctimas y sus familias, buscando armar rápidamente el circuito que lleva al negocio de los juicios por daños, donde se ponen en circulación cifras millonarias que dañan una y otra vez a la sociedad.
Es un círculo del mal, que tiene su razón de ser en la propia anomia funcional de la sociedad, y es responsabilidad de todos quebrar.
Martes, 07 de Febrero de 2012
Mar del Plata, Buenos Aires - Argentina
La Noche de la 99.9
De 21:00 a 24:00 hs.
Siempre le gustó la plata, siempre necesitó la plata. Podrá decirse, ¿y quién no? Gustavo Arnaldo Pulti ha corrido tras el dinero como cualquiera; la cuestión aquí es lo que hace para obtenerlo.
En su juventud, recién llegado de Dolores, se apoderaba de los cospeles de teléfonos públicos. Ya algo mayorcito, participó en la componenda del estacionamiento medido, aquella saga malhadada que marcó a fuego la administración de Mario Roberto Russak. De ambas salió indemne: en el caso de los cospeles, porque en un ingeniosa maniobra del hoy ministro de la Corte Julio Pettigiani lo pasó, de ladrón de cospeles, a apropiador de objetos romos que aún no eran parte de la colecta pública.